L E Y E N D A S

D O N      S A L O M E
 

La historia de don Salome Hernández Carrillo es sorprendente. Un hecho que conmovió a todo el pueblo de Guachinango y trascendió a otros lugares. Es la leyenda de un minero que volvió a nacer de las entrañas de la tierra 50 años exactos -mismo día mismo mes- después de haber nacido de las entrañas maternas, pues don Salome nació el 22 de octubre de 1902 y fue rescatado del interior de la mina en donde quedo sepultado, el miércoles 22 de octubre de 1952 el día que cumplió 50 años de edad.

En el año de 1952 fue uno mas en que la minería en Guachinango, resurgía de sus cenizas.
Los señores Felipe y Mauricio Jones estadounidenses- invirtieron sus finanzas y esperaban que el
oro y la plata del antiguo real, les redituaran con creces.
 
La Mina El Aguacero, situada al suroeste de la cabecera municipal, en las faldas del Cerro La Catarina lado norte, es el escenario de la hazaña de sobre vivencia de don Salome.
 
El jueves 16 de octubre de 1952. El trabajo agotador en la mina sigue con la rutina de todos los días. Don Salome se encuentra a esa hora 9 de la mañana- en uno de los socavones o túneles de la mina. Llego desde muy temprano y dejo atado su burrito en un roble cercano a la bocamina. El se ocupa en ese momento en llevar viajes de metal en un carro minero que va por el riel. A veces también usa el barrote y el mazo. En esa hora temprana, don Salome y su compañero José Maria Robles, llevan impulsado el carro lleno de metal, por un profundo y oscuro túnel a 50 metros de distancias a la entrada.

De pronto, ven que se desprenden piedras de la parte superior y caen sobre la vía. Luego se escucha un crujido y los andenes o puntales de madera se vienen abajo como si fueran débiles figuras de cartón acompañadas de un estruendoroso ruido. José MA. Robles corre hacia la salida quedando atrapado por la tierra y las piedras pero luego es rescatado. No así don Salome, que al tratar de huir, corre en sentido contrario a la salida en su escape de sobre vivencia quedo acorralado y acostado con sus piernas enterradas. Al fin saca con mucho trabajo un pie. Luego el otro, que sale sin su huarache de correas. Su rustico calzado a quedado sepultado. Días antes había comprado en Amatlan de Cañas correas de piel y había reforzado el tejido de sus huaraches. La oscuridad es total. El derrumbe y los ruidos han cesado. Ahora reina un silencio sepulcral.
 
Empieza a palpar. Su tacto, al rozar sus dedos por las estrechas paredes de la mina, le ayuda a comprender la magnitud del desastre. Frota sus manos y quiere reconocer el espacio. Aun porta la habitual cachucha de lona gruesa de color verde. En el bolsillo de su pantalón trae una navaja. Se alegra. Es su única herramienta. Palas y picos quedaron aterrados muy cerca de donde se encuentra. Lo primero que trata de hacer, desesperado, es salir de hay. Saca la navaja y empieza a cavar. Con sus manos quita la tierra. Inicia con rapidez a horadar hacia arriba. La tierra le resbala por la cara. Después de varias horas ha hecho un túnel vertical de unos tres metros y llega a otra caverna. Cree que es la salida. Se decepciona al palpar que también ese lugar fue sepultado por el derrumbe ya no puede regresar al sitio primero. La oscuridad no se lo permite.

Mientras que en el exterior, todos saben que don Salome se encuentra hay, sepultado, a mas de 20 metros de profundidad, pero desconocen si se encuentra vivo. De todas maneras, don Mauricio y don Felipe Jones han dando la orden a todos sus trabajadores de iniciar el rescate. La noticia ha caído como explosión de pólvora en Guachinango. Numerosas personas realizan el recorrido a la mina para ver lo sucedido.

Aya muy dentro, don Salome tiene la esperanza de que lo encuentren. Se le ocurre hacer ruido para indicarles que esta vivo. Palpando, busca y encuentra dos piedras de regular tamaño y las golpea unas con otras. Afuera, los mineros que cavan sin cesar, escucharon los golpes tenues de las piedras. Ahora ya saben que esta vivo. Después de golpear, don Salome cae profundamente dormido. Sueña a una señora con una canastita llena de pan que le dice:

-Come.
Pasan los días y la angustia sigue. Días y noches se trabajan sin descanso para rescatarlo. El martes 21 de octubre, como a las 7 de la tarde, llega una ambulancia de la Cruz Verde de Guadalajara –la numero 6- proporcionada por el doctor Manuel Pelayo Brambila, para atender al minero en caso de rescatarlo vivo. Los médicos Raúl Ochoa y Ochoa y Guillermo Palacios, los enfermeros Anastasio Rodríguez Parra y Juan José Zambrano González y el chofer Jorge Andrés López, efectuaron el penoso viaje a Guachinango, acompañados del redactor Antonio Lazo de la Vega reportero y fotógrafo de El Sol de Guadalajara. El sonido de las sirenas ha llamado la atención de todo el pueblo y salen los habitantes de sus casas, curiosos a observar.

Para don Salome no existe la noción del tiempo. No sabe que ya han transcurrido seis días, suficientes para tenerlo al borde de la desesperación. El agotamiento provocado por el hambre y la sed hace que en momentos lamba terrones húmedos para calmar la inanición. Recuerda que en el lugar primero donde quedo, había agua, pero ya no puede regresar hay. A seguido cavando pero lo hace en sentido contrario de donde están sus rescatistas. A ratos se queda dormido. Sueña a la misma señora del otro día que le ofrece pan, pero también sueña cosas horrorosas. Despierta. Trae a la memoria a su familia. Se acuerda de todos. En esos seis días no ha dejado de hacer ruidos con las piedras. Abecés cree que ya lo han olvidado. Pero no es así. La labor de su salvamento esta con mas brío no solo los fieros trabajan, sino la gente del pueblo, hombres, mujeres y hasta niños, colaboran solidariamente.

En Guachinango todo es rumor. Unos dicen que ya esta muerto, que nadie puede resistir tanto tiempo sin comer sin oxigeno, con el frió del interior de las minas. Otros mas optimistas, dirigen sus plegarias a Dios. Algunos entran de rodillas al templo parroquial implorando por la vida de don Salome.
Son las dos de la tarde del miércoles 22 de octubre. Se encuentran trabajando en turnos muchos mineros. Dos de ellos Carmelo García y Gregorio Ahumada, al golpe de barra, al fin hacen ceder el muro de piedra que lo separaba de don Salome. Este escucha el ruido y entra la oscuridad total, ve el fogonazo del rayo de luz de la lámpara de carburo que entra por la pequeña abertura.
 
Les grita:
---¡Aquí derecho, aquí derecho!
La luz le ha parecido como un relámpago y lo ha dejado encandilado momentáneamente. El minero Carmelo García introduce su mano por la grieta y don Salome la toca, asustándolo.
Luego, gritos de alegría.
---¡Ya lo encontramos!
Otros tres mineros llegaron hasta hay. Don Manuel Ponce, Eleuterio Castillo y Prisciliano Amaral, que dicen:
---¡Yo me lo llevo, yo lo puedo!
 
Pero el infortunado minero se encuentra mal. Siente su cuerpo frió. Tiembla y se toma sus rodillas. Rápidamente le hacen llegar una cobija. Es una cobija gruesa de su propiedad que le había costado 15 pesos. Lo cubren con ella. La siente muy pesada. Ya envuelto, se recarga en las piedras. Siente un calor que le recorre el cuerpo. Se sienta y sufre un desmayo.
Pronto sale uno de los mineros a dar la noticia don Mauricio Jones grita gustoso con su corto español:
---¡Ya encontramos Salome, ya encontramos Salome. ¡Los médicos pronto!

Inmediatamente descendió el doctor Guillermo Palacios utilizando el recipiente en que sacaban el metal del tiro que tenia 10 metros de profundidad. Junto con el doctor, baja el fotógrafo Ernesto Centeno, quien capto con su cámara, el dramático momento de la salvación del minero luego bajaron también los enfermeros con la camilla le aplicaron tonicardiacos para fortalecerlo. Lo envolvieron hasta la cara y lo depositaron en el recipiente, un tubo metálico que los mineros llaman olla. Lo amarran al cable y lo levantan. Llegan al socavón. Lo bajan, don Salome sale caminando apoyado por el doctor Palacios y un minero. No necesitaron la camilla. Salen, y las muestras de alegría no se hacían esperar. Suben al enfermo a la ambulancia y se dirigen al pueblo. Llegan y lo bajan en el centro, en el Portal Epigmenio Cabrera. Hay es conducido a una habitación donde es atendido. El doctor le aplica ahora sedantes y sueros glocosados para deshidratación. Tiene la certeza de que el minero vivirá. Explica que sino murió por inanición, se debió a la enorme fuerza de voluntad del minero y también por el ambiente húmedo de la mina.

La atención medica del rescatado es oportuna. La coramina y los sueros surtieron efecto, aunque lentamente. No fue necesario ponerle oxigeno. Le detectan pulmonía. Urge llevarlo a Guadalajara. El viernes 23. y con indicación del doctor Ochoa, el traslado del enfermo a la capital se hace lentamente con el fin de no fatigarle, dado el estado del camino. En la ambulancia, acompañaban a don Salome, algunos familiares mas cercanos. En el transcurso del viaje, abrió los ojos y, mirando a su alrededor, dijo: "Doy gracias a Dios. He vuelto a nacer. Me siento muy débil. En la oscuridad mire visiones horribles. He vuelto a nacer". En Guadalajara es hospitalizado en la Cruz Verde municipal. A los ocho días ya le dan agua. Después comienza a tomar alimentos, aunque los síntomas del agotamiento no han desaparecido.

Un mes mas tarde, regresa al pueblo donde es recibido como un héroe. Entra al Templo en silencio, en medio de una valla de gente expectante que se arremolina para mirarlo con cariño y admiración. Llega al altar, donde a colocado un reclinatorio. Se arrodilla, mientras el nuevo Sr. Cura, D. José Maria Peña, dice:
 
--- Te damos gracias Señor...

 

Relato del Sr. Salomé Hernández Carrillo q.p.d; y su hija Clementina Hernández. Además se consultaron los periódicos del 21 al 25 de octubre de 1952 del "El Sol de Guadalajara" de la Hemeroteca de la BPJ.

 

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L O S    D I A V A L O S

El arroyo de Los Diavalos, recibe este nombre porque durante la Colonia, hubo en Guachinango un personaje apellidado De Avalos, que tabajó la mina de Las Bolas. Edificó en ese lugar, un ahacienda para moler los metales, de la cual todavía quedan vestigios, como son, un tramo de presa de piedra y cal, y una zanj abierta en la roca que atravieza el arroyo. Con el paso del tiempo, el lugar pasó a ser conocido como la hacienda de Ávalos. Muchos años después, el apellido De Ávalos, se transformó de Diávalos, como se le conoce hoy.

Puente Nuevo

Puente Viejo

Este lugar, sobre todo en el punto del arroyo por donde pasaba la carretera antigua, es famoso por los casos de fantasmas y aparecidos que han asustando a muchas personas que pasan por este sitio a deshora de la noche. La razón, según cuentan los mayores, se debe a que en ese lugar fueron sepultados muchos cadáveres de combatientes del 27 de mayo de 1914, cuando Ignacio Soto arribó a la población. Todos esos muertos los encontró después de varios dias, el señor Manuel Salazar, que gracias a los zopilotes dio con ellos y los enterró ahí. En la década de los cuarenta, cuando se abrió el tramo de brecha siguiendo el curso del arroyito de la mina El Aguacero, al derrumbar una parte de la falda del cerro para rellenar el arroyo, se encontraron restos humanos como de seis hombres. Los huesos se llevaron a sepultar al composanto del pueblo. Se dijo entonces que eran los hombres que había enterrado en 1914 el señor Salazar.

Carretera y puente viejo

Precisamente, en ese paso donde estaban los esqueletos, es donde más asustan. Han sido muchos los casos de espantados. En los cincuenta, sucedió el siguiente: Regresaba al pueglo el joven Ignacio Hernández, del rancho La Piedra Grande, montado en su caballo. Era muy noche. Venía tranquilamente, cuando, al pasar por este sitio, alguien se le subió en ancas a su corcel, mismo que comenzó a encabritarse y a correr. El aterrorizado muchacho llegó al pueblo temblando sin poder hablar, enfermó, y a los varios dias murió.

Cuando El Barqueño hizo su reaparición, en 1983, se cuenta que un trabajador minero venia en su camioneta desde la ciudad de Ameca y al pasar por los Diávalos, alguien le pidió se detuviera, solicitándole un aventón.

Detuvo el vehículo y el personaje subió a la caseta. El minero prosiguió su marcha hacia Guachinango, pero al llegar a una inmediata subida, la camioneta se detuvo y se apagó. La música que traia en el reproductor de cintas sonoras, también se silenció.

Entonces comenzó a intentar prender la marcha del vehículo, pero fue inútil. Bajó. Quiso pedir ayuda al desconocido que había subdo, pero ... no lo encontró. Desapareció. Presa del miedo, el asustado minero subió a la camioneta, que prendió inmediatamente, y se dirigió a toda velocidad al pueblo. Llegó con un temblor y sin poder pronunciar palabra. Fue atendido por un doctor. A los pocos días acudió a recibir atenión médica a Guadalajara.

 

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E L   T E S O R O   D E L   M I N E R O

Sucedio en la mina El Rojo. Cuando llegaron a Guachinango las noticias de que don Miguel Hidalgo se había levantado en armas contra el mal gobierno y lograr la independencia, el dueño de este antiguo mineral, que era un español, se sobresaltó al saber que estaban matando a todos los peninsulares. Le dio mucho miedo y preparó todo para huir. Ordenó a sus esclavos y sirvientes que desarmaran toda las taunas y ocultaran la herramienta y demás enseres en los socavones, mismos que fueron cubiertos con troncos y piedras. Creía que la revuelta iniciada en Dolores seria pasajera y, al terminar, volvería a seguir trabajando en sus minas.

Al siguiente día, muy de mañana, cargó todas sus pertenencias en varias mulas. Cuatro caballos los cargó de cajas de madera que contenian marquetas de oro y de plata. Huyó acompañado de un mozo de confianza. Antes de llegar al rancho El Mortero, le pidio a su sirviente que se adelantara y que llegara a Guachinango a verificar si no habia peligro, y que él lo esperaria en la Tierra Blanca. El mozo llegó al pueblo y vio que había un ejército de insurgentes y mucho movimiento en la plaza y en las calles. Viendo que su patrón corria peligro, se regresó a darle el informe. Lo encontró en el sitio donde habian acordado, pero el fiel sirviente observó que los cuatro caballos que traían las marquetas del valioso metal, venian sin carga. Al enterarse el español de lo que ocurría en Guachinango, optó por rodear y se fue hacia el cerro de San Francisco, donde radicaba, en la mina de la Haciendita, uno de sus paisanos, conocido de muchos años atras.

Al llegar, los dos españoles se saludaron y platicaron del temor de perder la vida. El mozo escuchó que su amo le contaba al amigo que habia dejado escondidas (enterradas), en el punto llamado Las Tinajas, las cajas repetas de oro y plata y, como señal, habia clavado su espada en la tierra.

Otro día, al enterarse los insurgentes de que en la Haciendita estaban dos españoles, se dirigieron hacia allá y les dieron muerte. El mozo, el único que sabia del tesoro enterrado, se dedicó entonces a buscarlo, pero no lo encontró.

Un siglo despues, hacia el año de 1915, un ranchero de El Mortero que andaba a pie en una corrida de yeguas, tomó una piedra para tirársela a las potrancas. Al quererla arrojar, notó que la piedra pesaba mucho. Le entro curiosidad y la guardo en su morral. Cuando terminó la corrida, se regresó a su rancho y dejó la piedra sobre el pretil del corredor de la casa de don Refugio Langarica. Días despues, pasó por ahí don Pedro Castillo que iba a su rancho llamada la Piedra Grande.

Como hacia mucho calor, se detuvo y pidió le regalaran un jarro con agua. Mientras calmaba su sed, vio la piedra en el pretil y le llamó la atención por su forma y color. La tomó y también notó el peso. Preguntó dónde se la habian encontrado y los rancheros le explicaron. Pidió permiso para rasparla y le contestaron afirmativamente. Raspó la piedra y descubrió que no era tal, sino una marquetita de oro puro. Les aclaró lo que era y se retiró, dejando a todos alegres por el hallazgo. Conocido esto, se juntaron todos los habitantes de El Mortero para ir al lugar donde se la habia encontrado el ranchero. Llegaron al sitio y buscaron por todos lados, pero no hallaron nada.

Años más tarde, en otra corrida de yeguas, el señor Gabino Langarica, del mismo rancho El MOrtero, encontró y recogió la empuñadura de la espada que habia dejado el español como señal. Tenia aún como ocho centimetros de la hoja completamente oxidada. Se organizó otra busqueda, pero fue en vano. Las cargas de marquetas de oro y plata, están ocultas en algun lugar cercano al El Mortero, esperando ser encontradas.